jueves, 5 de marzo de 2015

La campana del ingenio

La campana del Ingenio

La campana del ingenio

El Ingenio de San Jorge fue creciendo de día en día; del rancho viejo sólo quedaba una torre de vieja piedra ennegrecida. Don Jorge Smith, su propietario había conseguido convertirlo en la más rica y productiva hacienda del contorno.
En la vieja torre se había colocado una campana que anunciaba a los criados el momento de iniciar sus tareas y el de acabarlas. Con el tiempo se resquebrajó y fue sustituida por el silbato, y así permanecía olvidada en su atalaya.
Al morir don Jorge le heredó su sobrina Carlota, que casó con un capataz del ingenio, llamado Conrado Maldonado. La noche antes de morir su tío repentinamente, estuvo ella desvelada; para tratar de coger el sueño, inició la lectura de Los doce pares de Francia. A pesar de hallarse embebida en el libro, le pareció que la campana de la torre tañía quedamente. No quiso darle importancia y trató de olvidar lo que le pareció figuración suya, pero la insistente voz de la vieja campana volvió a sonar en el silencio, como si la agotara el cansancio.
Cuando doña Carlota refirió a su esposo lo sucedido, éste lo atribuyó a un estado nervioso o a la fantástica imaginación de la señora. Como la repentina muerte de don Jorge vino a turbar el estado de las cosas, la historia de la dama se olvidó.
Sin embargo, cuando el ingenio pasó a ser de la señora, ésta rogó a su marido que tapiaran la puerta de la torre; y así se hizo. El tiempo pasó y la felicidad fue creciendo de día en día en la inmensa plantación. El matrimonio, que tuvo dos hijos y una hermosa hija, se disponía a celebrar sus bodas de plata, para lo cual se pensaba organizar una fiesta.
Doña Carlota y sus criados se afanaban en los preparativos yendo y viniendo con fuentes de bizcochos y amasando hojaldres y tortas, y así, entre esas y otras ocupaciones se hizo tarde. Poco después el silencio reinó en la casa, cuando todos se retiraron a descansar.
Hacía bastante calor, y doña Carlota, que no tenía sueño, decidió esperar a su marido, que se hallaba en el pueblo. Abrió la ventana y sentóse al fresco hundiéndose en sus pensamientos. De pronto, la voz cansada de la campana rota se oyó desde su atalaya desgranar lentamente sus gemidos. Doña Carlota turbada y temerosa preguntó a sus criadas si ellas habían oído algo, a lo que respondieron negativamente.
Preocupada y nerviosa, se puso a rezar llena de instintivos temores, pero en medio de sus rezos la voz quejumbrosa llegó otra vez hasta ella. Se retiró en silencio, pero, como si el corazón presintiera alguna desgracia, no pudo conciliar el sueño en toda la noche.
Al día siguiente trajeron en unas angarillas el cuerpo apuñalado de don Conrado, víctima del rencor ancestral de un capataz del rancho.
La voz metálica de aquella campana rajada no se había equivocado; ella sabía presentir la desgracia desgarrándose en voces dolorosas que más bien parecían lamentos o amargo llanto. Pero una vez más, el tiempo hizo olvidar que, en la ennegrecida y vetusta torre, la campana rajada se había quejado dolorosamente en el silencio de la noche.
Todo era movimiento en la casona por aquel entonces. Se trabajaba, se disponía, se organizaba en un ajetreo continuo, pues se iba a celebrar la boda de la bella Estefanía, hija única de don Conrado. Estefanía era conocida en toda aquella comarca como la misma hermosura. Criolla de ojos negros, abismales, de largas y espesas pestañas, unía a un lindo rostro una escultural figura de redondeadas líneas. Su piel dorada y su espléndido pelo color caoba terminaban de adornar a la más airosa de las doncellas.
No quedó nada por hacer para aquella boda fastuosa: el rumbo y la riqueza se desbordaban a raudales. Las fiestas habrían de durar dos días, y al tercero, el joven matrimonio cruzaría los mares camino de la vieja Europa.
Se administró el santo bautismo a muchos negritos, se convidó a todo el mundo y la felicidad cundió por todas partes. Por fin, pasada la medianoche, acabado el baile, se retiraron a descansar.
Pero he aquí que cuando doña Carlota se dirigía al fondo de la alcoba, la conocida y funesta voz de la campana vieja volvió a quejarse muy queda.
- ¡Ay de mí, Señor, otra desgracia se cierne sobre mi casa! ¡Escógeme como única víctima! ¡Ten piedad Señor, ten piedad!
Y acto seguido se desmayó cerca de la reja bañada de luna.
Amaneció un día hermosísimo; los hombres se habían ido de cacería y las mujeres se entretenían cantando. Mas como el calor arreciaba, y en verdad algo faltaba a aquella reunión de mujeres solas, Estefanía propuso ir a bañarse al río, proposición aceptada del mejor agrado por las compañeras.
Entre risas y bromas, la hermosa procesión de jovencitas tomó el camino del río, a cuya sombra descansó la alegre comitiva.
Danzaron entre la fronda como quiméricas ninfas antes de que el agua cristalina acariciara la piel tostada de sus cuerpos hasta que, al fin, como un puñado de rosas, se fueron echando al agua.
Pero ¡ay!, en la engañosa pendiente del río, el cantil abría sus fauces de lobo hambriento y una de ellas cayó en él llevando consigo a dos de sus amigas, que gritaban desesperadas en un afán inútil de salvación. Las demás creyeron una broma los gritos de las infelices, y cuando quisieron remediar la desgracia, era ya tarde, ahogándose cuatro de las hermosas niñas y una de las criadas que quiso salvarlas.
Estefanía, la más hermosa de todas, se perdió para siempre en el misterio del cantil del río que se ondulaba entre los esbeltos bambúes.
Doña Carlota maldijo la campana rajada de la torre circular, cuya edad sólo conocían los siglos... Todavía volvió a oír la noche antes de su muerte, su voz de mal agüero.
Los hijos de la difunta señora arrojaron al fondo del cantil la campana maldita... Y no sabemos si en él habrá enmudecido o si en la inmensa plantación de caña de azúcar todavía se seguirá oyendo su voz plañidera, a medianoche.

Leyenda de la Virgen de Hormigueros





La Virgen de la Monserrate pertenece al grupo de las llamadas vírgenes negras que tanto se extendió por la Europa románica y cuyo significado ha dado lugar a múltiples estudios.

Origen y Milagros de la Virgen de la Monserrate en Hormigueros 

Primer Milagro 

Cuenta la leyenda que en el año 1590 el jíbaro campesino puertorriqueño Giraldo González se encontraba en una de las colinas, de lo que hoy conocemos como Hormigueros, recogiendo bejucos para hacer canastas. De repente, sale a su encuentro un toro salvaje que acomete contra él, éste al ver que no puede trepar a un árbol, ni huir por estar junto a un precipicio, ni defenderse con su machete se encomienda a la Virgen exclamando "Favorecerme querida Señora de Monserrate".

En el acto la bestia dobló rodillas y bajó la cabeza hasta el suelo sin hacer mal al afligido. En el cielo había aparecido la Madre de Jesús que haciendo un gesto con su mano izquierda ordenaba al toro bravío que se arrodillara.

En agradecimiento al favor recibido Giraldo González construye en el tope de esa colina una pequeña ermita de adobe. Ya el Santuario empezaba a levantar al cielo su mole cuando ocurre el segundo milagro.

Segundo Milagro 

Giraldo González tenía una hija de ocho años la cual se extravió por el cerrado bosque que rodeaba el santo monte. Quince días duró la búsqueda y al cabo de ellos hallaron a la niña en buen estado de salud y alegre, con su ropa sana, igual que el día en que se perdió.

Al preguntársele como había vivido sin sustentarse, dijo que una mujer le había dado de comer todo aquel tiempo, halagándola y acariciándola como madre: de quien se entendió ser la Virgen de Monserrate, de quien su padre era devoto.

Devoción a la Virgen de la Monserrate 

La noticia de los milagros ocurridos en aquel monte en Hormigueros pronto alcanzaron los más remotos rincones de la isla, desde ese momento las peregrinaciones llegaban continuamente.

Más de 400 años cuenta el culto jamás interrumpido de la Virgen de la Monserrate en Hormigueros. Durante esas largas centurias, día y noche, han ardido y continúan ardiendo lámparas votivas del pueblo puertorriqueño que devoto y agradecido honra a su Dios venerando a su Virgen Madre.






La apuesta

Cuento de la Apuesta

Corría el siglo XIX y las supersticiones todavía atemorizaban a las buenas gentes, así que las pruebas de valentía se demostraban con hechos y acciones relacionadas con el miedo

Un día un grupo de amigos bromeaba sobre la cobardía de uno de ellos. Por mucho que éste intentara defenderse, siempre terminaban con la misma idea. Tanto se cansó de esta burla que pidió a sus amigos una "prueba de fuego" con la que finalizar definitivamente la disputa.
Después de unas deliberaciones, y risas, decidieron que debía ir al cementerio, solo, cuando oscureciera y permanecer allí un rato. Si volvía sano y salvo no volverían a dudar de él. Pero... ya se sabe lo que dicen de los cementerios...

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De día todo está tranquilo, se respira paz y sosiego... ¿y de noche?... ¿Quién había estado allí para verlo y contarlo? Y todavía peor... ¿qué pasaba el día de Todos los Santos?... ¿Era verdad que las almas se alzan de sus tumbas?
La apuesta sería en Todos los Santos, cuando hubiera caído la noche.
Juan, nuestro protagonista, se armó de valor. Dejó caer la noche y, junto a sus amigos, tomó la calle Calvario de camino al Cementerio. Al llegar a la pequeña cuesta, las tenues luces de las casas ya no ofrecían protección y, gracias a que conocían perfectamente el terreno, llegaron a la puerta, donde se despidieron. Sus amigos esperarían ahí para comprobar que efectivamente entraba y no escapaba.
Mientras saltaba la verja de hierro y se adentraba en el cementerio sorteando los pequeños montículos de las tumbas, sus amigos desde fuera se burlaban con gritos de espanto y sonidos de fantasmas.
- "¡Uuuuuuuuh!"
- "¡Cuidado con ese muerto que va detrás de tí!"
- "¿Pero qué es eso que tienes en el hombro? ¿Es una mano?"
- "¡Ja, ja, ja!"
Juan sintió que se le helaba la sangre, y no era de extrañar. La noche era muy desapacible. El aire solano te cortaba la cara y en el cielo, las nubes oscuras pasaban rápidamente por delante de la luna. Era una noche espantosa. Una noche de brujas. Así que se cruzó a la bandolera su capa, tragó saliva, y apretó el paso hasta el centro del cementerio. Todavía se oían las burlas de sus amigos desde allí.
De pronto, vino una fuerte ráfaga de aire y notó que algo le tiraba fuertemente de la capa. Presa del pánico, en un acto reflejo, volvió la cabeza al mismo tiempo que la luna se desenmarañaba de las nubes iluminando el cementerio... Sólo le dio tiempo a ver que tras él había una sombra y cayó a plomo contra la tierra.
No había mucha luz, así que no podían ver bien la hora en sus relojes, pero por lo menos había pasado ya una hora desde que Juan desapareció tras los muros. La broma ya estaba bien. Era tiempo suficiente. Pero Juan no respondía a sus gritos. ¿Se habría enfadado y por eso no contestaba o es que les estaba devolviendo la burla? Daba igual, iban a entrar a ver qué pasaba.
Cuando llegaron al centro del cementerio había un bulto negro en el suelo. Era Juan. Su capa estaba enganchada en una de las cruces de hierro y su cara desencajada les anunció el final de la apuesta. Juan estaba muerto... Había muerto de miedo al ver tras de sí su propia sombra.




El matador de tiburones





EL MATADOR DE TIBURONES

Leyendas puertorriqueñas
Cayetano Coll y Toste 




I

Ardía la Aguada en fiesta. Frente a la hermosa bahía estaban anclados los galeones que conducían al Virrey de Nueva España y al Obispo de Tlasteca. Los nobles hidalgos desembarcaron en lo que la armada se aprovisionaba de agua y bastimentos para seguir viaje a Veracruz.

El Virrey, marqués de Villena y duque de Escalona, quiso dejar memoria de su llegada a un puerto de esta isla, y pidió al Teniente a Guerra un niño para apadrinarlo y protegerlo. Se buscó el infante, y le echó las aguas bautismales el obispo acompañante don Juan Palafox y Mendoza. Al niño se le puso por nombre don Diego de Pacheco, como su ilustre padrino. Esto ocurría allá por el año 1640. 

El gobernador don Agustín de Silva y Figueroa y el prelado don Fray Alonso de Solís estuvieron en la Aguada a cumplimentar a estos dignatarios.

Los rumbosos festejos habidos, fueron ruidosos y de ellos hablan los cronicones de la isla. 


II

En el banquete que se dio en la Casa del Rey en honor de los representantes de S.M. dijo don Diego de Pacheco: -Señores, lo que más me ha llamado la atención en este largo viaje ha sido, que dos días antes de arribar a estas playas, hemos pescado un pez horrendo, que llaman tiburón. Tenía cuatro varas de largo y la tremenda boca guarnecida de unas hileras de dientes movibles. Muerto y echado sobre la cubierta del barco infundía pavor tan feroz animal. 

-Pues, señor Virrey, aquí en la Aguada, hay quien lucha con un tiburón y lo vence - contestó el Teniente a Guerra.

-¿Qué dice usted, amigo mío? -replicó el Virrey sorprendido; y añadió -: ¿Puede ser eso verdad? gustaríame presenciar tan sorprendente combate.

-Tenemos un pescador ribereño, que suele batirse cuerpo a cuerpo y siempre con feliz éxito.

-Pues llámelo usted, que deseo conocerlo.


III

Rufino, el indio, era un matador de tiburones. Moraba en la aldehuela Aguadilla, frente al surgidero de las naos, y vivía de la pesca. Mocetón de más de veinte años, era de baja estatura, ancho de espaldas, fornidos miembros y color achocolatado. A simple vista, se descubría en él el cruce de las razas pobladoras de esta isla. Ojos grandes, nariz aguileña, labios gruesos, pelo negro y abundante. Simpático, humilde y complaciente. El teniente le mandó llamar y le dijo:

-Muchacho, nuestros nobles huéspedes desean verte peleando con un tiburón. ¿Estás dispuesto a ello?

-No, señor.

-¿Por qué?-interrogó el Teniente.

-Porque no tengo mis escapularios de la Virgen del Carmen.

-¿Y dónde están?

-Estaban muy deteriorados y los envié al Convento de Monjas Carmelitas de la Capital para que me los compusieran.

-Te daré cuatro pesos fuertes, si peleas mañana con un tiburón en presencia del Virrey y del Obispo que van para México.

-No puedo, mi Teniente; necesito mis escapularios de la Virgen del Carmen.

-Te daré ocho pesos...

-¡No puede ser, señor!

Presentando Rufino al Virrey, enterado éste de la negativa rotunda del pescador, lo trató con sumo afecto y le dijo sugestivamente:

-Mañana pelearás con un tiburón y además de los ocho pesos fuertes que te dará el Teniente, yo te regalaré una onza de oro española.


IV

El matador de tiburones se pasó toda la noche pensando en su aciaga suerte. Cuando se le presentaba oportunidad de ganar un puñado de dinero, que le sacaría de tantos apuros, se encontraba sin sus queridos escapularios de la Virgen del Carmen, sin los cuales jamás había salido al mar, ni siquiera a pescar.

Descansó poco. Levantóse temprano y buscó su daguilla de combate, que llamaba mi alfiler. Este era un largo puñal, hecho de una escofina y con un fuerte cabo de huesos. Tenía una pulgada de ancho y trece de largo. Lo aceitó y lo guardó en su vaina de cuero; tenía en el cabo una manija, de curricán, para asegurarlo en la muñeca cuando se arrojaba al mar a combatir a los escualos.

Salió y fuese a la plaza. El mar estaba como una lámina de acero, terso y limpio. Los galeones reales lucían sus vistosas banderolas y los barcos pescadores regresaban al puerto con su pesca. Entró en un bodegón a desayunarse.


V

Como a las diez de la mañana hubo algazara en la playa. Los que atalayaban avisaron al Teniente a Guerra que un tiburón había entrado en la bahía. El Teniente avisó a sus hidalgos huéspedes y toda la comitiva se dirigió a la playa.

Rufino no había salido del bodegón. Allí estaba pensativo, con las manos sujetándose la cabeza. El ruido de la playa llegaba a él como una provocación; pero él no se movía. La gritería iba en aumento. El dueño del bodegón tocó en el hombro a Rufino. Este levantó la cabeza y exclamó:

-¿Qué hay?

-Que hoy vas a ganar mucho dinero.

-No sé...

Entonces se levantó, nervioso y preocupado, y se alejó de allí. Se dirigió a la playa. La multitud lo invadía todo. Llegó a la dársena de los botes y miró al horizonte, poniéndose la mano de visera sobre la frente. Apretó los puños con ira. Había divisado la aleta negra del tiburón sobre las ondas. El voraz animal husmeaba qué comer cerca de los galeones. El Teniente ordenó que le arrojasen un perro chino para atraerlo a la orilla. La orden se había cumplido. Tan pronto lo divisó el monstruo, se hundió la negruzca aleta, para virarse el escualo y poder devorar el infeliz perrillo. Un espumarejo de sangre manchó la superficie del agua. 


VI

Rufino lo había visto todo: Le brillaron los ojos de coraje con deseos de combatir la fiera. Corrió a la punta de la dársena. Se desvistió rápidamente y daga en mano se lanzó impetuoso al mar. El gentío aplaudió con estrépito.
La aleta negra del tiburón, como una velilla latina, volvió a aparecer sobre el mar. Rufino nadó con bravura hacia ella. De repente desapareció la siniestra aleta negra y también zambulló el pescador. El agua se movía compulsivamente. Debajo de la superficie se desarrollaba la encarnizada lucha. Rufino era un gran buzo, pero la ansiedad y expectación eran muy grandes. 
Apareció sobre las ondas el muchacho y se vio que nadaba apresuradamente hacia tierra. Al llegar a la orilla se desmayó. El pueblo acudió en tropel en torno del pescador, que estaba muy pálido. Hubo necesidad de auxiliarle. Su boca estaba teñida en sangre. Vuelto en sí, se sentó transido de ansiedad. Miró su daguilla. Estaba límpido el acero, pero rojo el hueso del cabo. Escupió y al ver que escupía sangre exclamó con gran tristeza: 

-¡Ah! ¡Mis escapularios, mis escapularios...! 

De pronto gritó con alegría:
-¡Allí está! ¡Allí está! ¡Lo maté! Oerim ¡ay! ¡él también me ha herido!

Rufino, al clavar por segunda vez su puñal al monstruo moribundo, recibió un aletazo en el pecho que en poco le priva el conocimiento, y, perdido el sentido, se hubiera ahogado.

El gentío vociferaba atrozmente. Sobre la superficie de las aguas se iba destacando el horrible animal, con su espantosa boca abierta, privado de la vida.
Diestros ribereños, en sus pequeños esquifes, empezaron a remolcarlo hacia tierra.

VII

El Virrey se acercó al grupo donde estaba Rufino, puso su diestra sobre la cabeza del matador triunfante y le dijo:

-Eres un valiente, pero no vuelvas a repetir esa hazaña.

Y le entregó dos onzas españolas. Al poco rato la gorra del pobre ribereño estaba llena de dinero. Hasta los marinos de los galeones, que habían presenciado su heroicidad, le enviaban su regalo en toda clase de monedas.

Fue conducido Rufino a su bohío en brazos de sus amigos. Estuvo gravemente enfermo por algún tiempo, pero su recia naturaleza venció el mal y cicatrizó su pulmón herido. Compró redes de pescar y un buen bote y no volvió a combatir con los monstruos del mar. En el comedor de su cabaña, pendiente del seto, guardaba como trofeo de sus victorias la célebre daguilla rodeada de dientes de tiburones.

viernes, 27 de febrero de 2015

El coquí



El coquí
Cierto día después que el Ké (la tierra) y el Bagua (el mar) fueron divididos por Yocahú (dios supremo de todo lo creado) los animales grandes y pequeños habitaron la superficie terrestre.
Yukiyú (dios del bien) había preparado una Cáiku (isla) muy parecida al Edén, llevó allí algunos animales escogidos por él. Entre la flora, la brisa y las estrellas todos los animales se durmieron. Yukiyú decidio darle a la noche un sonido melodioso. Quería una nana permanente y natural que nos sirviera de arrullo y compañía. Escogio de entre las ranas, una de ellas, la más pequeña, temerosa y resbaladiza, con grandes ojos azabache que se escondía entre las hojas de plátano. Tomándola en sus manos le susurro diciéndole: “ve descubre tu isla, conocela, disfrutala y amala. Se el vigilante de los sueños nocturnos, profeta de mi Edén Trópical”.
Al día siguiente, un radiante Agüeybana (sol grande) salió imponente desbordando toda su luz por la serranía. Fueron saliendo del bosque las xaxabís (cotorras), los jubos (culebras), los mucarús (buhos), las iguanas, los guatibiris, los guabas (arañas), los guaraguos (aves), los jueyes, las jutias (conejos), los tanamás (mariposas) los biajaní (palomas) y los Cokies. Así fue que Yukiyú nos dotó de una fauna muy particular y propia.

Leyenda taína de Guanina y Sotomayor








Guanina era una india taína, hermana de Agueybaná el Bravo, osea, el jefe de la tribu y de un grupo de bravos guerreros, el cacique supremo de toda la isla de Puerto Rico. Guanina significa en el lenguaje taíno: "Resplandeciente como el oro".          Los conquistadores españoles se habían apoderado de la isla de Borinquén, que así se llamaba entonces la isla de Puerto Rico.
          En aquel tiempo, un indio llamado Guarionex vivía enamorado de Guanina. Guanina era la hermana del cacique supremo, ósea el jefe de todas las tribus de la isla.
          Guarionex cada vez que veía a Guanina el corazón le latía a tal magnitud que parecía que se le quería salir del pecho. Cada vez que el la veía le declaraba su amor. Ella no le correspondía porque ella vivía enamorada de un conquistador español llamado Don Cristobal de Sotomayor, alcalde mayor y fundador de un poblado al que había bautizado con su propio apellido.
          Guarionex lleno de odio mortal hacia Sotomayor, le gritaba: - ¡Don Cristobal, uno de los dos debe de morir! Tú no mereces vivir porque me robaste el amor de Guanina, y yo no quiero seguir viviendo si me falta su amor.
          Los indios ya no podían soportar mas el trato cruel de los españoles. Los indios taínos los habían recibido con amistad y habían celebrado la ceremonia del guatiao ( pacto de fraternidad que sellaban con el intercambio de nombres). Por eso al cacique Agüeybaná también se le llamaba Don Cristobal.
          Los españoles haciendo caso omiso al pacto, se repartieron a los indios como siervos. Los explotaban especialmente en los yacimientos de oro. Ya desesperados los indios anhelaban volver a ser libres. Una noche, celebraron un areito (reuniones para celebrar sus fiestas, recordar tradiciones, y tomar decisiones sobre todo cuando era necesario tomar una decisión sobre una guerra). Esa noche Agüeybaná y los taínos decidieron que los españoles tenían que morir para ellos poder ser libres otra vez.
          Guarionex quiso el poblado de su enemigo mayor, que era Don Cristobal de Sotomayor. Güarionex no pudo matar a Don Cristobal de Sotomayor porque en ese momento Sotomayor estaba llegando al bohío de Agüeybaná donde Guanina le advirtió que se salvara que los indios se habían revuelto en su contra.
          Sotomayor se fue con sus soldados a La Villa de Caparra para ver al Gobernador. Agüeybaná le prestó a Sotomayor a unos Naborías para que lo ayudaran con la carga. Pero en secreto les dijo que cuando empezara el ataque, huyeran con la carga. Guanina no quiso dejar a Sotomayor huir solo y se fue con el.
          Los indios tainos los persiguieron y el ataque empezó. Sotomayor peleaba ferozmente con su espada mientras los golpes de las macanas de los indios le iban abriendo profundas heridas. En el momento de mayor peligro, Guanina se interpuso entre Sotomayor y los indios y recibió en su cuerpo la herida mortal que iba dirigida a su amado. En ese momento de distracción de Sotomayor, Agüeybaná aprovechó para traspasarlo con su flecha. Cayó Sotomayor en los brazos de su amada Guanina.
          Agüeybaná mandó a que los enterraran juntos, pero que a Sotomayor le dejaron los pies fuera de la tumba para que no pudiera encontrar el camino a la tierra de los muertos.
          Poco después los españoles rescataron los cuerpos y los enterraron, uno al lado del otro, al pie de un risco empinado y a la sombra de una enorme ceiba.
          Desde entonces, los jíbaros dicen que cuando el viento agita de noche las ramas del árbol frondoso, se oye un murmullo, que no es el rumor de las hojas, y se ven dos luces muy blancas, que no son luces de luciérnagas o cucubano, sino los espíritus de Guanina y Sotomayor que flotan, danzan y se funden, cantando la dicha de estar unidos siempre.




Vocabulario

bohío = casas o chozas donde vivían los indios.
Caparra = primera residencia del conquistador, gobernador de Puerto Rico, Juan Ponce de León
cucubano = insecto volador que despide una luz azulada durante la noche
jíbaro = nombre conque se conoce a los campesinos puertorriqueños.
macana = arma defensiva de los indios, hecha de madera más dura de una especie de palma.
Naborias = indios que trabajaban como siervos para un señor, ya éste un cacique o colono español
Taínos = palabra indígena que significa "los buenos" y que da nombre a los indios de las Antillas Mayores.
guatiao = pacto de fraternización que sellaban con nombres
areito = reuniones que hacían los indios para celebrar sus fiestas, recordar tradiciones, tomar decisiones, o declarar guerras.

martes, 17 de junio de 2014

Qué es una leyenda?



Qué es una leyenda?

Una leyenda es una narración de hechos naturales, sobrenaturales o mezclados, que se transmite de generación en generación de forma oral o escrita. Generalmente, el relato se sitúa de forma imprecisa entre el mito y el suceso verídico, lo que le confiere cierta singularidad.
Se ubica en un tiempo y lugar que resultan familiares a los miembros de una comunidad, lo que aporta al relato cierta verosimilitud En las leyendas que presentan elementos sobrenaturales, como milagros, presencia de criaturas férricas o de ultratumba, etc., estos se presentan como reales, pues forman parte de la visión del mundo propia de la comunidad en la que se origina la leyenda. En su proceso de transmisión a través de la tradición oral las leyendas experimentan a menudo supresiones, añadidos o modificaciones que expresan un estado extraño, surgiendo así todo un mundo lleno de variantes.
Se define a la leyenda como un relato folclórico con bases históricas.


Jacinto y la vaca


Cuenta la leyenda que habia un hombre llamado Jacinto que vivia en la bajura y que se dedicaba a pastorear ganado ajeno. Un día mientras llevaba una vaca a su lugar como de costumbre, la tenia amarrada a su mano. La vaca se asusto de repente y comenzo a correr sin control, arrastrando a Jacino por la soga. Lamentablemente la vaca se lanzo por una abertura natural formada por el mar al que llamaban el pozo de Jobos, arrastrando con ella a Jacinto y ambos perdieron la vida.
Al otro día el dueño de la vaca buscaba por aquellos lugares a Jacinto, gritando ” Jacinto traeme la vaca” y el pozo lanzaba con furia agua produciendo un estruendoso sonido de indignación. Aún muchos visitanes le gritan al pozo cuyo nombre cambio al de El Pozo de Jacinto y todavia brota de el la furia y el enojo por una leyenda que se mantiene en la historia y cultura de el pueblo de Isabela.


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El Jacho


                                                       

El jacho
Venancio es el personaje principal de nuestra leyenda. Era un pobre agricultor y pescador de un barrio de Orocovis. Vivía cerca de un caudaloso río. Era el único sostén de su numerosa familia. Con lo que pescaba y lo que cosechaba, en su pedacito de tierra, los alimentaba. Se dice que era un hombre sin vicios, sumamente religioso y su amor por todo lo creado era muy grande. Desde pequeño su padre lo había acostumbrado al trabajo duro. El oficio de pescador cautivó su alma y a eso dedicó su vida.
Venancio siempre cargaba un saco grande con él.Allí guardaba todas sus herramientas de pesca y la comida del día. Pero lo que nunca se quedaba fuera del saco era una rústica cruz de madera que recibió de su padre. Aquella cruz había pasado de familia en familia. –”No permitas que esta cruz sea destruída y llévala siempre contigo”.–Le había dicho su padre. Él prometió así hacerlo.
Se cuenta que un día casi de madrugada Venancio se fue de pesca. Se dirigió al río más caudaloso donde la pesca era abundante. Transcurrió toda la mañana y los peces no aparecían. Pasaban las horas y llegó la tarde. Las nubes daban señales de que iba a llover muy pronto. Pero ni un solo pez había picado.
Y….cayó la lluvia a torrentes.
Habían desaparecido los peces como por arte de magia, estaba cansado, una gran desesperación cubría su alma al pensar que esa noche su familia se acostaría con hambre, y como si fuera poco no paraba de llover.
Decidió prender un jacho que había llevado consigo y regresar a casa. Era ya de media noche. El jacho se había consumido y Venancio lloraba su desconsuelo en aquella terrible oscuridad. De pronto una idea maléfica le vino a la mente. Oyó que le decían al oído –” Prende la cruz Venancio”. “Ella te llevará a tu casa”. “Te alumbrará por todo el camino”.
Y con el último fósforo que le quedaba prendió aquella sagrada cruz. Así llegó a su casa.
No tardaron muchos días cuando Venancio cayó enfermo . No pudo superar la enfermedad y murió. Dicen que en su lecho de muerte un profundo dolor por haber quemado la cruz se apoderó de él.
Al morir subió hasta el cielo pero no fue admitido porque antes de entrar era necesario que regresara a la tierra para buscar las cenizas de la cruz que había quemado. Así que regresó.
Aún hoy , muchos afirman haber visto la “luz eterna” de Venancio, recorriendo como un relámpago las montañas de Aibonito y Orocovis. Busca las cenizas de su cruz.

El farol encendido

                                                                 


El farol encendido

Cuentan que por “ El Monte de la Bandera “en el barrio San Antonio, del pueblo de Quebradillas aparecía por las noches un farol encendido que se movía de un lado a otro sin que nadie lo sostuviera. Nadie osaba acercarse al lugar en cuanto comenzaba a ocultarse el sol. Al llegar la noche las familias cerraban las puertas de sus hogares por el temor de que el farol llegara hasta sus casas acompañado de la muerte y ésta se los llevara.
Durante muchos años la leyenda del farol determinó la hora en que los habitantes del lugar se retiraban a dormir. Pero el tiempo dio paso a la verdad. Se supo que la causa de todo lo eran negros libertos que buscaron refugio en el monte para huir de sus dueños. Por las noches salían para buscar  provisiones alumbrando su camino con el farol.

El pirata Cofresí






El Pirata Cofresí


La goleta "Ana," navegando de bolina y orza este, cuarta al nordeste, dobló punta Borinquen e hizo frente a las embravecidas ondas del mar del Norte, dejando las tranquilas aguas del noroeste de la ensenada de Aguadilla.

--"Aferra el trinquete(3) y afloja foque(4) y mayor(5)", gritó Cofresí al segundo de a bordo; y echémonos mar afuera a ver si tenemos hoy buena fortuna a barlovento.

Las órdenes del pirata se cumplieron estrictas y la ligera nao empezó a navegar velozmente con todo su aparejo a vela llena. Las ondas se rompían impetuosas en su proa y azotaban con sus espumas blanquizcas la cubierta del barco. Las cuadernas de la goleta crujían de vez en cuando. Detrás iba quedando una estela de lechoso espumajo hirviente.

El horizonte estaba límpido, el cielo azul, y el brisote frescachón que soplaba del este estaba fijo. La isla se iba perdiendo de vista. De cuando en cuando una gaviota pasaba graznando sobre la embarcación: parecía un pañuelo blanco arrojado en el espacio.

--"Pilichi", dijo Cofresí al grumete, con soberbio ademán, "vé a mi camarote y tráeme el anteojo. Me parece divisar algo en lontananza".

Y el arrogante marino ponía la mano horizontal sobre las cejas, como una visera, para enfocar bien su mirada de águila y escudriñar las lejanías del mar. Recibido el catalejo lo tendió diestramente y, cierto de lo que presumía, por sus ojos fulguró un relámpago, y gritó al contramaestre con voz llena de fanfarria.

--"Hazte cargo del timón, Galache, que tenemos enemigos a la vista".

Era un brick(6) danés que conducía mercaderías de Nueva York a San Thomas. Para tal época esa isla, con su puerto franco, era un depósito de grandes aprovisionamientos de telas, ferretería y artículos de lujo traídos de Europa y Norte América para surtir las Antillas y Venezuela. Cada vez se distinguía más claro el confiado buque mercante. Cofresí pasó al entrepuente de proa e hizo en su presencia cargar el pedrero de bronce con un saquillo de pólvora y abundante metralla. Después se cercioró que estaba fuerte el montaje de la cureña y firmes las gualderas. Entonces marchó a popa donde reunió su gente, llamando a cada uno por su nombre, y les dio sus instrucciones. Revisó severamente machetes y cuchillos. Hizo traer más armas blancas y ordenó ponerlas en un sitio especial en el combés cerca del palo del trinquete. Y tranquilamente se puso a amolar, con sumo cuidado, su hacha de abordaje.

La gente del bergantín, al divisar la goleta, izó la bandera danesa en señal de saludo. La velera "Ana" izó bandera de muerte, es decir, la bandera negra de los piratas. El brick ya no podía huir y afrontó el peligro. La goleta era muy andadora y se habla apropiado directamente al enemigo. El bergantín estaba abarrotado en su carga. Su tripulación comprendió que tenía que habérselas con un barco pirata. Pronto la borda del brick fue ocupada por diez rifleros alineados que hicieron fuego de fusilaría. Eran malos tiradores. Las balas atravesaron el velamen de la "Ana" y algunas se incrustaron en la obra muerta(7) del casco. Entonces las armas de fuego no eran de repetición; de modo que mientras las cargaban de nuevo los tiradores del bergantín, la goleta se puso a doscientos pies de distancia y le lanzó una descarga de metralla con el pedrero de proa. El ruido del cañón impresionó a los marineros del brick y antes que pudieran disparar por segunda vez sus rifles, ya la "Ana" estaba al abordaje, ceñida al buque contrario por estribor.

C
ofresí, hacha en mano, seguido de los suyos, saltó ágil y célere al buque abordado y atacó cuerpo a cuerpo a los defensores del brick. Estos no estaban preparados para un combate al arma blanca. Sonaron tres o cuatro tiros y quedó despejado el entrepuente(8). Los marineros del bergantín se refugiaron en las bodegas. Rápidamente se adueñó Cofresí del buque dando muerte al timonel y a algunos marinos que quedaron sobre cubierta. Después cerraron las escotillas(9) y quedó preso bajo cubierta el resto de la tripulación del brick. El capitán danés estaba junto al palo de mesana, en un charco de sangre, con la cabeza abierta de un hachazo. Los cadáveres fueron arrojados al mar y empezó el alijo de la sobrecubierta. En seguida se saquearon las bodegas con suma precaución y se trincaron bien los presos que iban apareciendo. Luego de saqueado el bergantín se le dio barreno, y se desatracó el pirata para verlo hundirse. El brick dio una cabezada primero y se inclinó de proa; después se fue sumergiendo poco a poco hasta que de repente desapareció bajo las aguas.

La "Ana" hizo entonces rumbo hacia la Isla, que se divisaba a sotavento, y maniobró en demanda de punta San Francisco para ocultarse en Cabo Rojo.

El comercio de San Thomas estaba aterrado con las depredaciones de Cofresí. Por fin el gobierno de Washington intervino y dio orden al Almirantazgo de castigar al pirata puertorriqueño. Pronto llegó a conocimiento de Cofresí que un barco de guerra norteamericano había venido a ayudar a las autoridades de la Isla para capturarlo o destruirlo. Entonces abandonó sus correrías por aguas del Atlántico y se pasó al mar Caribe.
Estando la "Ana" fondeada en el puerto de Bocas del Infierno divisó en lontananza una vela, y Cofresí con su velera nao salió prontamente a apresarla. Pero esta vez fue por lana y le zurraron la badana. Tan pronto estuvo a tiro de cañón recibió un balazo en el bauprésque le hizo comprender que se las había con un barco de guerra. No obstante, se le fue encima valentísimo y le hizo fuego de fusilería y cañón siendo recibido de igual modo. Viendo la superioridad del contrario viró de redondo y a todo trapo emprendió la huida. La goleta, descalabrada, izó la escandalosa(10) sobre los cangrejos para escapar mejor, utilizando el viento de popa que le soplaba. Cofresí se puso al timón porque la "Ana" era una nave de buen gobierno y muy veloz, y dirigió la goleta paralelamente a la costa, bojeando el sur y burlándose de sus perseguidores hasta que la embarrancó en un bancal diestramente. Echados un bote y una chalana al agua ganaron los piratas la playa, librándose del buque de guerra que no pudo alcanzarlos, ni maniobrar con sus botes por aquellos sitios inabordables.Ya en tierra dividió Cofresí su gente en dos grupos, dándoles por punto de reunión la playa de Cabo Rojo. Antes enterraron lo que pudieron salvar de la "Ana." Cada grupo bien armado emprendió la fuga por distinta vía.

Como las Milicias Disciplinadas estaban patrullando por aquella costa, pronto los dos grupos tuvieron que batirse y abrirse campo a sangre y fuego, volviendo a subdividirse, fatigados y jadeantes, hasta que acosados por la caballería tuvieron que rendirse a sus perseguidores. El jefe pirata fue cogido después de reñida refriega, todo cubierto de heridas.

Roberto Cofresí y Ramírez de Arellano(11), natural y vecino de Cabo Rojo, era un joven altivo, de veintiséis años de edad, robusto, valiente, audaz y de bravo aspecto. Unido a quince compañeros de la piel del diablo, eran el terror de estos mares antillanos con sus piraterías.

Para satisfacer a la vindicta pública y asegurar el reposo y tranquilidad de estas islas, fueron pasados por las armas en la mañana del 29 de marzo de 1825. Un gentío inmenso presenció el horroroso espectáculo en el Campo del Morro. Un destacamento del Regimiento de Infantería de Granada formó el cuadro para conservar el orden. Una descarga cerrada de un piquete de tiradores, a una señal sigilosa convenida, hizo que once de aquellos desgraciados pasaran a la eternidad. Los otros habían muerto en los combates sostenidos con las Milicias.

 Satisfecha la curiosidad y llena de pavor dispersóse la muchedumbre conmovida. Las tropas volvieron a sus cuarteles a redoble de tambor. Y los cadáveres mutilados por la justicia humana quedaron expuestos al público por veinticuatro horas para escarmiento de malhechores.

L
os hermanos de la Caridad, que no comulgan con el odio social, previo permiso del Gobierno, dieron sepultura a aquellos cadáveres en el cementerio de Santa María de la Magdalena.

Así terminaron el valiente Cofresí y sus intrépidos compañeros de correrías piráticas.

 

viernes, 25 de mayo de 2012

La Garita del Diablo, Cayetano Coll y Toste- 1790




La Garita del Diablo


I
Dina era una mestiza atrayente, una flor natural de aroma incitante, una doncella gallarda, pelinegra y de vivarachos ojos, hija de un español, capataz cuadrillero de la Real Hacienda y de una india pura acanelada, resto de la aborígena raza. Procedía de la Indiera, de San Germán, refugio de los autóctonos nativos.

La esbelta moza tenía dieciocho primaveras y no había salido sola a la calle ni una sola vez. Recluida en su ruin casucha del alto de San Cristóbal, sus fiestas se reducían a oír misa en la iglesia de San Francisco, en unión de una tía que la acompañaba, hermana de su padre, pues la madre había muerto al darla a luz.

Los mayores embelesos de Dina eran ver desfilar las escuadras del Regimiento Fijo de Artillería, cuando a tambor batiente pasaban frente a su terrera casucha los esbeltos militares, a cumplir el precepto religioso de los domingos. Aquellos muchachos, fornidos, derechos, vestidos de blanco, portando el corto y ancho machetín, que al marchar batía sobre el muslo del militar, le sorbían los sesos a la linda moza, recatada y núbil. Se quitaba del antepecho de la puerta, cuando la tía la regañaba con insistencia gruñona y le ordenaba entrar y cerrar la persiana.

"¡Ya te he dicho que cuando pase la tropa debes entrarte, pues es gente atrevida y descarada!"
"Ya lo sé, tía!" replicaba displicente la sobrina "pero me gusta contemplar los militares, por su garbo y precisión de andar; y además, me agrada tararear el pasodoble que toca la charanga."

II
A la tía de Dina dió una fuerte ictericia y el físico del Regimiento del Fijo, le ordenó que paseara al sol, después de tomar unos amargos brebajes que le propinara.

Dina acompañaba a su tía a pasear por el abanico, el gran rediente del castillo de San Christóbal. Poco a poco se fue familiarizando con los fosos y contrafosos, baterías y casamatas del Fuerte, hasta conocerlo todo él al dedillo. Y mejor aún, cuando hizo amistad con una de la familias de militares subalternos, de las que estaban acuarteladas en las bóvedas. Y de este ir y venir de la casita, no pudo evitar que algunos soldados se fijaran en la esbeltez de sus carnes, cuyas finas curvas ceñían y hacían temblar la fina muselina de sus traje, y provocaban chicoleos y requiebros a la linda criolla.

Dina era pura como un lirio en capullo que empieza a entreabrirse a las caricias del sol. Y con los galanteos y requerimientos amorosos de los militares se ponían rojas como el jacinto sus vírgenes mejillas, a pesar de su trigueña tez; y la casta doncella se veía obligada a apresurar el paso.

Por fin hubo unos ojos picarescos, de un buen mozo, que se le metieron dentro del corazón y que los veía luego en todas partes, y con los que soñaba, provocándole amorosas pesadillas. Eran los ojos de un soldadito llamado Sánchez, y que por su intensa palidez los compañeros lo apodaron Flor de Azahar. El atrevido galán era Andaluz de buena cepa y tocaba la guitarra con facilidad extrema y trovaba de afición, entonando unas endechas con gracia y soltura. Había puesto sitio, como decía su capitán, a la plaza fuerte de la vecina moza, a la que dejaba loca y desesperada de amor con sus intencionadas coplas.

Recogida la muchacha en su casita, solía oír el ritmo rasgueado de las cuerdas de la guitarra, que cadenciosamente llenaban la atmósfera de sus dulces sones, sacudidas por la hábil mano de Flor de Azahar. Y de vez en vez, dejaba el militar en los oídos de la inocente doncella, con pertinaz osadía, y melancólico acento, esta copla:

"Bella Dina, Bella Dina
Quiéreme, por Dios, mi cielo,
que la suerte me es indina
Se tu, niña, mi consuelo!"

La moza, acongojada y palpitante, daba vueltas en la cama, como si su lecho tuviese espinas punzadoras, atosigada por la luminosa quimera de la vida. Y tras lánguidos esperezos se entregaba al insomnio. La guitarra seguía gimiendo de cuando en cuando la dulce canción y el veneno de la estrofa se filtraba lentamente en el alma de la infeliz doncella. Su espíritu quedó al fin aprisionado en la tela de oro de aquella melosa endecha, que le hurguía las entretelas del corazón.

Una profunda tristeza invadió a la gallarda Dina, que amaba ya a Flor de Azahar con una intensa pena, pues le veía sujeto a una rigurosa disciplina, cuyos trabajos le tenían tan pálido; sin poder tener el consuelo de aliviarlo en algo, dándole entrada en la casa, porque la tía no quería cuentos con militares, gente atrevida de manos.

III

En el castillo de San Crístóbal existe una garrita, alejada de la plaza, que da al lado norte y parece que se interna en la mar. Es un punto estratégico para atalayar la costa hacia el Escambrón y hacia el sospechoso horizonte marítimo.

En una de las noches que le tocaba a Sánchez, la vigilancia de este punto, sintió Dina deseos irresistibles de charlar con él, que era el único delirio de su fantasía. En todo el día no le había podido ver, y llegaba la prima noche no hubo el consuelo de oir la canción favorita al lánguido son de la guitarra, que penetraba en su alma como una plegaria.

Esperó la muchacha a que su tía se durmiese, y una vez cerciorada de ello, al oír sus acompasados ronquidos, entre-abrió quedamente la puerta de la calle, y se deslizó, por detrás de la muralla, hacia la conocida garita, que se destacaba con negruras de basalto entre el brumoso celaje de la costa del mar. Allí estaba haciendo fielmente su guardia Flor de Azahar.

La luna cayendo hacia poniente, lanzaba mortecinos resplandores. El mar cabrilleaba, pálidamente con los últimos reflejos de la protectora de los amantes, y la ola, sin murmullos, lamía suavemente los peñascales. Cuando un rayo lunar, rompiendo la bruma, lanzaba serpentinas plateadas, al caer sobre las dormidas ondas dejaba un rastro de luz, como bruñido acero refulgente. Sombras y tristezas rondaban en torno del castillo y envolvían a Dina, que avanzaba con sigilo por conocida senda hacia el atalaya, donde estaba su novio.

"Flor de Azahar" dijo tímidamente la garrida moza, abre la garita, con una voz suave y leda, que rompió el silencio de aquella aterradora soledad.

Sánchez oyó el amoroso suspiro de la doncella, le palpitó el corazón con violencia, dejó el fusil y se precipitó en los brazos de Dina, cuya negra pupila de enamorado febril lo trastornó poniendo fuego de amor en sus venas. Único instante feliz de sus amores hasta entonces. Un tenue claro de luna agonizante aprisionó en su argentino encaje a Flor de Azahar y a Dina. Dejemos al dulce misterio de la noche lo que es del dulce misterio de la vida!

IV

"Centinela, alerta!" gritó al poco rato el guardián del Caballero de Austria del castillo; y el grito del soldado vigilante fue repitiéndose de garita en garita, rompiendo el mutismo nocturnal de la fortaleza, hasta llegar a la que ocupaba Sánchez. El pájaro negro del silencio reinaba en aquellos contornos. Nadie contestó en el atalaya, cuya custodia correspondía a Flor de Azahar.

La ronda de vigilancia encontró al siguiente día, al relevar la guardia, que Sánchez había desertado, dejando el fugitivo su fusil y la cartuchera en el lugar entregado a la lealtad. No era el primer caso que ocurría en aquella triste garita. Así que la gente crédula y supersticiosa continuó afirmando que Lucifer con sus hechizos había cargado con el pobre soldado, que tal vez estaría en pecado mortal; pero los duchos en el arte del querer fuerte se dejaban decir, que para ellos, Cupido era el que se había robado a Flor de Azahar, pues eran gran coincidencia que también la bella Dina hubiera desaparecido de su casa. Tal vez la amante pareja se había refugiado en la Sierra de Luquillo para formar allí su nido de ternezas plácidas;

Desde aquel día se llamó aquel sitio "la Garita del Diablo" porque nadie quitó a la estúpida vecindad que el Espíritu Maligno había intervenido en la desaparición del soldado desertor. Siempre el vulgo, ciego en sus necedades, se inclina a creer más en el error que en la verdad!







miércoles, 23 de mayo de 2012

El grano de oro





EL GRANO DE ORO

   Entre los pobladores de Boriquén, que se habían dedicado a la busca de oro, había dos activísimos sevillanos, Antonio Orozco y Juan Guilarte. Eran muy amigos. Vinieron a la Isla con cartas de vecindad del Rey, dadas por la Casa de la Contratación de Sevilla. Vivían en Caparra y disponía cada uno de una encomienda de cuarenta indios, un solar y una caballería de tierra.
   Orozco y Guilarte trabajaban con sus cuadrillas de naborias en los placeres auríferos del ríoMabiya, lavando diariamente arenas y más arenas, en busca de las deslumbrantes pajuelas del precioso metal.
   Un día dijo Orozco a Guilarte:
   --El lunes de la semana entrante, al romper el alba, nos vamos a ir tierra adentro, a ver si nos topamos con algún yacimiento de oro.
   ---¿Llevaremos indígenas por guías?
   --No. Llevaremos brújula para orientarnos, marchando siempre hacia el sur, y repletas las alforjas para unos días. Dejaremos nuestros capataces al frente de las cuadrillas en el Mabiya.
   --¡Conforme! Pero no debemos olvidar nuestras mantas, para defendernos del relente, si hemos de dormir en el bosque.
II
   Después de ocho días de exploración a través de la selva virgen, llegaron a una cumbre, desde la cual divisaron el mar Caribe a un lado y al otro el Atlántico. El panorama era esplendente; sabanas y montículos con todos los colores del verde, desde el claro esmeraldino al ágata crisoprasa; y al horizonte, de frente y de espalda, dos franjas de azul turquí.
  ---Aquí fabricaría yo una casa de campo, dijo Guilarte.
   ---Valiente burrada sería, replicóle Orozco. Esto es bueno para contemplarle un rato, pero luego hastía.
  ---Pues yo creo que a mí no me hastiaría nunca---volvió a anotar Guilarte.
  --¡Tonto! Lo mejor es que reunamos mucho oro y nos larguemos a Triana. ¡De Sevilla al cielo!
  --Pues chico, muchas arenas tenemos que lavar para asegurar algo. ¡Y luego, eso eso de tener que dar al Rey el Quinto por su linda cara! ¡Vamos, me parece que en mucho tiempo no salimos de nuestra pobreza! ...
   Los dos amigos, sentados sobre una roca, después de su andariega expedición, abrieron sus morrales y empezaron a devorar su pan casabí y unos pedazos de queso canario.
   Orozco era un hombre como de treinta años, piel blanca, pecosa, pelirojo, ojos pequeños y grises, nariz aguileña pronunciada, labios finos contraidos, con las comisuras caidas. Alto de cuerpo, enjuto y descarnado. Espíritu impaciente, audaz, ambicioso. Tenía la mirada picare del tahur de profesión. Revelaba en su tipo los cruzamientos de sus antepasados. Su atavismo sugía en el ojo gris vándalo y en su nariz judaica.
   Guilarte representaba un genuino tipo berebere, nacido en suelo español. Trigueño, ojos negros rasgados, nariz recta y fina, rostro oval, cerrado de barba negra, brillante y rizada. Permanentemente la sonrisa en sus labios. Buena musculatura. Indolente. Le atraía el canto de los pájaros y el rasgucar de una guitarra. Le gustaba cortejar a las indias y había aprendido de ellas a cantar y bailar los areytos.
   De pronto, Guilarte dijo a Orozco:
  --Mira hacia esa hondonada en dirección a mi brazo. ¿Qué ves?
  --Una pirdra que brilla como un topacio con los rayos del sol.
  --Fíjate que verás que es un trozo de oro unido a un trozo de cuarzo.
  --¡Efectivamente! ¡Qué buena vista tienes! ¡Y es bien grande! ...
  --Pero ¿quién diablos desciende de esta elevada montaña allá abajo para recogerla?
  --¡Pues tú y yo! ...
  --¿De qué modo?--dijo Guilarte.
  --Hagamos aquí un campamento con yaguas y tejamos sogas de majagua, que reforzaremos con bejucos. Y con sogas haremos una buena escala.
   Ante el hallazgo fortuito de tan valioso grano de oro desaparecería la contemplación de aquella hermosa naturaleza virgen, sorprendente, que el sol bañaba con áureos reflejos venciendo la maraña impenetrable de la selva. El follaje raquítico bordeaba el abismo y de una roca pelada manaba un hilo de cristalina linfa, que huía rápidamente por entre los peñascales, perdiéndose el brillador chorrito en las profundidades de aquella inmensa olla.
III
Terminada la escala con rapidez y pericia estraordinarias y bien asegurada a un gran cedro descendieron por ella fácilmente Orozco y Guilarte. Llegados al fondo del abismo vieron que la piedra codiciada era más grande de lo que creyeron en un principio.
---El oro que tiene esta piedra vale, separado el cuarzo y además ripio, de cuatro a cincomil castellanos, dijo Guilarte, que era inteligente en metalurgia.
---Lo suficiente para sacar avante a uno de los dos, pero no a estrambos. Busquemos a ver si encontramos otro grano.
   Desengañados de no encontrar más oro, dijo Orozco a guilarte:
---Te voy a proponer un negocio. Juguemos a los dados este hallazgo y a quien Dios se lo de, San Pedro se lo bendiga. Si tú te lo ganas, puedes ya retirarte a España. Si me lo gano yo, me voy de soleta a Sevilla. El que se queda en Caparra se encarga de la encomienda de su compañero y la explota en sociedad.
---Bueno, contestó Guilarte. ¿Y los dados?
---Aquí los tengo, replicó Orozco.
---Pues, ¡échalos!
   La suerte favoreció a Orozco. Y Guilarte lo felicitó con sinceridad, añadiendo:
---Se han cumplido tus deseos. Vámonos para arriba.
---Sube tú primero, yo iré después con la piedra.
   Guilarte echó mano a la escalera, y trepó ágilmente por ella.
   Cuando llegó arriba se sentó al borde del avismo a esperar a su amigo. Orozco subió bien hasta la mitad de la escalera, pero se rompió un escalón y estuvo a punto de caer, pues tenía la mano izquierda embargada con la piedra aurífera. Gritó a Guilarte y éste le contestó:
---¿Qué hago?
---Tira de la escala para que me ayudes a ascender o tengo que soltar la piedra. ¡Pronto! ¡pronto!
   Guilarte que era un hombre de muchas fuerzas, se acercó al cedro y empezó a halar de la escala con precipitación. De repente rodó por tierra. La escala hecha de fibras verdes de majagua a pesar de estar reforzada con bejucos, también verdes, no pudo resistir el rose áspero de la peña y súbitamente se rompió. El infeliz Orozco cayó en la hondonada desde una gran altura y aunque la maleza amortiguó el golpe, quedó medio muerto en el césped del bosque. Imposible le fue a Guilarte poderlo socorrer, y desalentado regresó al campamento de Mabiya, caminando día y noche.
IV
   Con la ayuda de buenos indios prácticos, y fuertes escalas volvió Guilarte, diligente, al socorro de su infortunado amigo. Cuando llegó a su lado estaba aun vivo, abrazado a aquella fatídica piedra que le costaba la vida. Lo primero que pidió fue agua. No había podido moverse de donde había caido porque tenía rotas las dos piernas. Después que satisfizo la sed, llamó a Guilarte y le dijo:
---¡Voy a morir! ¡Oyeme! Tu descubristes el grano de oro y yo te quité tu parte usando dados falsos. Dios me ha castigado. ¡Perdóname!...
  Y espiró. El pobre Orozco fue víctima de su ambición. Todas las pasiones son buenas, ha dicho un filósofo, mientras uno es dueña de ellas, y todas son malas cuando nos esclavisan. Conduciendo el cadáver al campamento de Mabiya se le dió cristiana sepultura. Sabido en Caparra lo ocurrido, los Oficiales Reales dieron cuenta al Rey, quién concedió a Guilarte todas aquellas tierras exploradas por él y su infiel y desgraciado amigo. También es verdad que el honrado y desprendido vasallo había regalado a la Catedral de Sevilla aquella enorme pepita de oro, por la cual Orozco, con el ansia de enriquecerse, había sido traidor a la amistad. Todavía en la cordillera central de la isla, hay una cumbre, denominada "La Sierra de Guilarte", que recuerda este trágico suceso.